Martes ocho de agosto – Lunes catorce de agosto

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En estos siete días que dan nombre a la entrada que me dispongo a escribir, tuve una pequeña retirada de redes sociales, tertulias sociopolíticas y estudio de idiomas para centrarme en la pequeña empresa de leerme siete libros en los siete días del título, que al final fueron ocho, y de cuya experiencia literaria dejo aquí un pequeño resumen: una serie de pequeñas recensiones para cada obra, para todo aquel que esté interesado.

1. Poesías completas de Francisco de la Torre

El primero que cayó (y, junto a Orden mundial, de Henry Kissinger, el que más me gustó) fue un tomo antológico de la obra de Francisco de la Torre, ese autor enigmático, cuya biografía continúa navegando entre brumas, de pluma excelsa (que desde Sevilla pretendieron, sin total éxito, enterrar entre las tinieblas del olvido y el silencio) que el insigne Francisco de Quevedo rescatara de ser sepultado por el tiempo y el polvo. Autor contemporáneo (mas precedente) de la cabeza de Sevilla en ese entonces, Fernando de Herrera, también conocido en vida como el Divino, debido a su erudición en los temas poéticos, tras la retirada del mundo compositivo y la dedicación plena al estudio. Este Fernando de Herrera, arrogante figura poseedora de una increíble deshonestidad intelectual, en su megalomanía pretendió cambiar la realidad, asegurándose como el primer gran exégeta de Garcilaso, título que corresponde al gramático, en muchos aspecto superior a “el Divino”, conocido como el Brocense (Francisco Sánchez de las Brozas o, en latín, Franciscus Sanctius Brocensis) (había publicado los Comentarios a la obra de Garcilaso en 1576, cuatro años antes que las Anotaciones de Herrera), y también pretendiendo alzarse en la historia por sobre los (superiores) autores de la Escuela de Salamanca mediante la poco elegante táctica de silenciarlos. Aquí es donde se encontró el autor que nos compete: Herrera intentó, y casi consiguió, silenciar para la historia la excelsa figura de Francisco de la Torre, posiblemente la figura más alta de la poesía española en esta segunda etapa del petrarquismo en la lírica española, la marcada por el manierismo. Teniendo en cuenta esta casi desaparición de De la Torre, es normal que algunos autores pensaran que era ficción del gigantesco Francisco de Quevedo (produciéndose aquí el curioso artificio en que el heterónimo posee el mismo nombre que el verdadero autor…creo que podemos esperar más del autor de los Sueños), aunque el tiempo haya arrojado más datos sobre este autor, apartando toda duda sobre su real existencia. Así, habría que hacer justicia y desplazar a Herrera como paso intermedio entre Garcilaso y Góngora y cederle este sitio a De la Torre. Su estilo recuerda bastante al de aquel finísimo escritor de sonetos del XVII que fue Gabriel Bocángel, aunque con una forma (como resulta evidente) más clásica, menos barroquizada como fue la poética de Bocángel. Esta obra se convierte en obligada lectura para aquellos amantes de la poesía y, más todavía, para todos aquellos apasionados de la Edad de Oro española.

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