El renacer del fénix

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Has cambiado, ciertamente. Te habías teñido el pelo y una lengua bífida salía de tu boca demacrada. Tus ojos brillaban, inyectados en sangre, cuando las paredes comenzaron a gritarme, desde arriba, retumbando con un ruido atronador. Yo me tumbé, oprimiendo mis oídos con ambas manos, escupiendo y gritando, aunque mis gritos no se escuchaban ante las risas y los innumerables sonidos que salían de las paredes. Y entonces cesó y un puñal, ensangrentado con mi reseca sangre, salió precipitadamente desde mis entrañas y se arrojó sobre ti. Tuviste suerte, una suerte que tus repugnantes labios que goteaban mierda nunca merecieron, pues mi rápida mano lo cogió al vuelo. Tu boca quedó paralizada, mientras tu lengua se suspendía, relamiendo las gotas de diarrea que aún caían lentamente desde tu labio inferior. Mientras hacía caso omiso al hedor que expedía tu boca, limpié el puñal y recogí la sangre reseca, mía, siempre mía, en un vaso sucio, como la ropa hecha jirones que portabas, con tierra, que se desprendía fácilmente y lo coloqué en el suelo, a mis pies, míos, siempre míos, los cuales coloqué, seguidamente me bajé la cremallera y meé dentro del mismo, mientras tú mirabas fascinada y ávida. Ante tal situación, tu corazón palpitaba con fiereza, amenazando con salir, empujando tu flácida teta. Entonces, para tu decepción, hidrópica como estabas y deseosa de beberte el vaso entero y recorrer una y otra vez su vacío con tu bífida lengua, y comerte el vaso mismo, pues siempre comías, y comías, y comías, sin hacer ascos a nada, como te iba diciendo, no sé si lo recuerdas, recogí el vaso del suelo, escupí sobre el mismo y lo estampé sobre tus sucios y peludos pies, llenos de mierda por caminar entre el estiércol durante tanto tiempo. Ambos, a un tiempo mismo, como en otra época, bajamos los ojos y vimos cómo entre tus pies, entre los gusanos que allí anidaban y las moscas que habían salido disparadas, mi sangre-meado se mezclaba con el pus que había descendido desde tu entrepierna, y los cristales se clavaban en tus tobillos. Fue entonces tu cara de avidez insatisfecha símbolo de la derrota. Y fue mi triunfal grito de guerra (que te zurzan, zorra), y mi risa, y mi desprecio símbolo del renacer del fénix.

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